martes, 19 de diciembre de 2017

Viajes

TOLEDO


Entro en Toledo por la Puerta de Bisagra, que es un monumento ornamental, no defensivo, ya que las troneras están colocadas casi a ras de suelo. El nombre deriva de una palabra árabe que significa “Puerta de la Sagra”; de hecho, está orientada a la comarca toledana de tal nombre. Fue reconstruida en el siglo XVI, según los trazados de Alonso de Covarrubias (1488-1570).

Detalles: está formada por dos cuerpos entre los que se intercala una plaza de armas rectangular que tiene una estatua de Carlos V. La puerta externa es de arco de sillares almohadillados; está flanqueada por dos torreones circulares y almenados. Sobre el arco hay un escudo de Carlos V en el que se observa el águila bicéfala. La puerta está rematada con un frontón triangular, sobre el que descansa una estatua del ángel guardián. El cuerpo interior es un arco de medio punto, flanqueado por torreones cuadrados que están coronados por chapiteles de cerámica (tejados de cerámica verde y blanca). En una de sus caras, aparece el escudo de Carlos V; en otras, hay un ajedrezado.
A unos pasos se encuentra la puerta de Alfonso VI, por donde al parecer entraron las tropas del monarca que conquistó el reino de Toledo en 1085.
Aunque se puede entrar en Toledo por otros lugares (las escaleras mecánicas, por ejemplo), prefiero subir por la calle Real del Arrabal. Así, puedo admirar la iglesia mudéjar de Santiago del Arrabal. 



El vocablo “mudéjar” significa “domado”; además de referirse a aquellos musulmanes que, a cambio de un tributo, podían vivir en territorio cristiano conservando su religión, alude asimismo a un arte que floreció en España desde el siglo XIII hasta el XVI; se caracteriza por la conservación de elementos del arte cristiano y el empleo de la ornamentación árabe. Observemos los dobles arcos lobulados y el típico arco de herradura.


      Me desvío por la calle del Cristo de la Luz para admirar la  mezquita, cuyos elementos constructivos (bóvedas, arcos de herradura con peralte, dovelas, arquerías) se inspiran en la mezquita cordobesa. Regreso a la Calle Real para cruzar bajo la Puerta del Sol (se llama así por unos frescos que representan el Sol y la Luna) y continúo por la calle Gerardo Lobo; llego a la terraza y al paseo del miradero. Desde aquí se puede disfrutar de una hermosa vista de la llanura toledana y divisar las ruinas del circo romano y el antiguo Hospital de Tavera, cuya fachada almohadillada es típica del Renacimiento. Después del respiro, enfilo la calle Armas, que desemboca en la antigua plaza del mercado, Zocodover, el corazón del casco viejo. Como ocurre en los zocos árabes, de su centro surgen varias calles, repletas de tiendas de espadas, ropa, dulces… A la izquierda, hay una puerta de la muralla árabe, el Arco de la Sangre. Al parecer, el nombre se debe a la existencia de una capilla, donde se custodiaba la Sangre de Cristo que remediaba a los reos que iban a ser ajusticiados, bien allí mismo o bien en otros lugares de la ciudad. Antes de cruzar el arco, aprovecho para tomar unas figuras de mazapán en la pastelería aneja; bajo por las escaleras, observo la estatua dedicada a Cervantes y llego sin desviar la ruta al Museo de Santa Cruz, donde se muestran colecciones fijas y exposiciones itinerantes. De regreso a Zocodover, enfilo la cuesta de Carlos V. 


A mi izquierda, aparece el alcázar, donde se custodian el Museo del Ejército y la Biblioteca de Castilla la Mancha. Merecen la pena las dos visitas; la primera, entre otras razones, porque nos pone frente a frente con la historia de nuestro país (así, la exposición de los automóviles donde fueron asesinados Prim, Dato y Carrero); la segunda, porque da gusto observar a los jóvenes leyendo y estudiando en espacios acogedores y diáfanos. Desde el alcázar también se contemplan excelentes panoramas de la ciudad.
            De nuevo en Zocodover. Bajamos por la calle del Comercio y llegamos a la catedral (siglos XIII-XV), cuyas joyas más alabadas son, entre otras, la sacristía mayor, el tesoro-relicario, la sala capitular, el claustro bajo y la campana gorda. Salimos del templo y tomamos la calle Trinidad, que seguimos hasta la plaza del Salvador; entramos en la calle de santa Úrsula e, inmediatamente, en Taller del Moro. Aquí se encuentra el museo del mismo nombre. Está situado en un palacio mudéjar del siglo XIV; alberga valiosas piezas de artesanía medieval; también se custodian restos arqueológicos, capiteles y arcas. La disposición de algunas estancias recuerda a la Alhambra. Salvo que se conozca a algún vecino o se vaya en una excursión organizada, el paseante normal no puede entrar en las casas, pero sí reparar en sus fachadas, las puertas y sus herrajes, las calles robadas (antigua costumbre de algunos toledanos, quienes juntaban su casa con otra de la que estaban separados por una calle minúscula: se ponían todos de acuerdo y unían los balcones de una con los balcones de otra). Una vez al año, se abren los patios de las casas y es posible apreciar su belleza.
            Un alto en el camino para almorzar en cualquier restaurante de la imperial ciudad. Tras la comida, reanudo el itinerario y me acerco a la iglesia de santo Tomé, en la calle del mismo nombre. Obra del siglo XIV. Llama la atención su torre mudéjar con mampostería encintada y, sobre todo, un cuadro del Greco: El entierro del Señor de Orgaz. Terminada la visita, tomo la calle san Juan de Dios y me aproximo a la calle Reyes Católicos, donde se encuentran los dos últimos monumentos que citaré: la sinagoga de santa María la Blanca y san Juan de los Reyes. Pudiera sorprender que una sinagoga tenga la advocación de una santa, pero en nuestra cultura está muy arraigada la costumbre de los vencedores de aprovechar los templos antiguos a su conveniencia, cambiando imágenes o eliminándolas. Al menos, los cristianos no destruyeron este hermoso edificio, que consta de cinco naves separadas por arcos de herradura con yesería y pilares octogonales con capiteles en forma de nido de avispa.
Llego al final del recorrido, porque un poco más abajo se halla el monasterio de san Juan de los Reyes, una joya del siglo XV que siempre me ha gustado. 

Antes de entrar, me llaman la atención las cadenas que cuelgan de la fachada. Al parecer, corresponden a los cautivos que fueron liberados en la conquista de Granada; se colgaron para simbolizar el triunfo del cristianismo. La construcción del templo se debe a Juan Guas. La reina Isabel era devota de Juan el evangelista y quería que este fuese su panteón. No logró esta voluntad, pero sí consiguió que el edificio tuviera forma de catafalco, rodeado por pináculos a semejanza de los cirios. Como los frailes franciscanos iban a hacerse cargo del templo, Guas hizo que el cordón de la orden corriese por la fachada. La iglesia tiene un crucero espacioso; su cabecera está cubierta con una bóveda de estrellas de ocho puntas. La decoración del crucero es epigráfica, con letreros que aluden a la conquista de Granada. El claustro bajo se cubre con bóveda de crucería, aunque los nervios no se juntan en el centro; el claustro superior posee un bello artesonado de madera con lazos mudéjares. La grandeza de los reyes se representa con los yugos y las flechas, que se repiten, como las letras: la Y, de Isabel; la F, de Fernando.

La noche toledana. Después de un merecido respiro y cena, conviene visitar la noche toledana. El hecho de que tal expresión esté relacionada con la escatología puede deberse a una leyenda del siglo VIII: el emir Alhakén I quería terminar con la autonomía de Toledo. Así, encargó la gobernación de la ciudad a un muladí de su confianza. Para celebrar el nombramiento, Ambroz (así llamado en castellano) invitó a una cena a más de cuatrocientas personas, ricas e influyentes, y durante el banquete las degolló a todas. En la actualidad, la noche toledana, bellamente iluminada, es muy diferente. Se recomienda pasear cerca del río Tajo, disfrutar de las tabernas del barrio de Santa Teresa y conocer lugares de marcha. Círculo de Arte es una asociación cultural que está enclavada en la iglesia mudéjar de san Vicente. De noche, se convierte en discoteca. Así, el viajero -que aparece en la imagen con sus amigos toledanos- puede elogiar las bóvedas de crucería, tomarse una copa y bailar al mismo tiempo.

Datos útiles:
Oficina de turismo: Plaza del Consistorio, 1; Plaza de Zocodover.
Estación de Renfe: Paseo de la Rosa, s/n.
Estación de autobuses: Avda. Castilla-La Mancha, s/n.
Compras: artesanía (damasquinados, espadas), gastronomía (mazapanes y productos típicos). Hay numerosos locales.
Fiestas: 23 de enero: san Ildefonso. Semana Santa. Corpus Christi: las calles alfombradas de hierbas aromáticas acogen la procesión de la Custodia de Oro. Última semana de agosto: festival de música de las Tres Culturas.
Monumentos: Son abundantes: puentes (san Martín, Alcántara), ermitas (Virgen del Valle, Cristo de la Vega), torres (san Bartolomé, san Román), conventos (santo Domingo el Antiguo, Comendadoras), palacios (san Servando, Galiana), restos romanos, cuevas y otros muchos.
Alrededores: los cigarrales, castillo de Guadamur, castillo de Orgaz, Tembleque.
Visitas guiadas. El ayuntamiento de Toledo organiza muchas rutas (literarias, turísticas y otras).
Alojamiento: Hotel Beatriz (a las afueras) y Eurico (casco viejo).
Para comer: Adolfo, Locum, Alfileritos, La Abadía...


Restaurantes recomendados
Adolfo Muñoz, artista de la gastronomía española, posee varios establecimientos; además, es el alma mater de una escuela de hostelería. Almuerzo en el restaurante de la calle Hombre de Palo, vivienda desde cuya terraza se ve un hermoso panorama de Toledo. Comienzo con entremeses (espárragos de Camuñas, crujiente oreja de cochinillo). A continuación, zamburiñas, paloma torcaz, merluza con callos de bacalao, presa ibérica. De postre: chocolate 

y caramelo con nata y fresa. Vinos del maridaje: cava, verdejo del marqués de Griñón, Latour, Condado de Haza y jerez. Precio: unos cien euros.



Oviedo / Uviéu

Breve historia. Al parecer, los fundadores de esta ciudad fueron dos monjes, quienes crearon una explotación agrícola en el año 761. Fruela construyó un palacio, donde nació su hijo Alfonso II, el Casto. Este rey trasladó la corte del reino a Oviedo. Un primo suyo, Ramiro I, impulsó la construcción de Santa María del Naranco, joya del prerrománico. Posteriormente, la corte fue trasladada  a León. Actualmente, la ciudad es capital del principado de Asturias.
           
A diferencia de Gijón (Xixón), que se distingue por un trato natural y campechano, Oviedo mantiene un empaque señorial –típico, por otra parte, de las capitales de provincia- que Clarín describió con precisión en La Regenta. En el centro de Oviedo, han colocado una estatua 


que supone un homenaje a un famoso cuento de Leopoldo Alas: Adiós Cordera.
Viniendo de mi aldea, entro en la capital por la avenida de Galicia y desemboco en la calle Uría, arteria principal que comunica el corazón comercial con las estaciones de ferrocarril y autobuses. Al final de la misma, llegamos al campo de San Francisco,

a la plaza de la Escandalera y al teatro Campoamor, donde se entregan los famosos premios Príncipe de Asturias. Es el centro de la ciudad, donde se hallan los monumentos más representativos: la catedral y la parte vieja de la ciudad. La catedral, de estilo gótico, erigida en el siglo XIV, se emplazó en una basílica que fundó el rey Fruela en el siglo VIII. Hay que ver la Sala Capitular y el retablo; la capilla del rey Alfonso II el Casto (Panteón Real), la capilla Mayor y el claustro. La Cámara Santa alberga un relicario, recubierto con placas de plata; la Cruz de los Ángeles, recubierta de piedras preciosas, es el símbolo de la ciudad; la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias.
Conviene un descanso para disfrutar de uno de los dulces más exquisitos, el carbayón. En asturiano, al roble se lo denomina así. Al parecer, se comenzó a llamar de ese modo a los ovetenses por un carbayo que estaba plantado ante el teatro Campoamor. Recomiendo los dulces de la pastelería Camilo de Blas, un establecimiento fundado por un antepasado familiar en León en el siglo XIX.

 En la parte vieja, se encuentran la iglesia de san Tirso, el palacio arzobispal y el convento de san Vicente. Otros lugares interesantes son el Museo de Bellas Artes, que ocupa el palacio de Velarde, y el Museo Arqueológico, instalado en un antiguo monasterio. Importa visitar la universidad; el Fontán, plaza porticada donde todavía se celebra el mercado; y la iglesia de san Julián de los Prados, construida en el siglo IX; es el mayor templo prerrománico de España. Conserva frescos de la Alta Edad Media. Los motivos no son bíblicos; antes bien, florones, bandas e imitaciones de columnas.
A la hora del almuerzo, merece la pena acercarse a la calle Gascona, donde hay numerosas sidrerías. En una de ellas, comí fabada, cabrito guisado y tarta de queso por quince euros. Todo ello regado con una jarra de vino de Rioja. 

Es cierto que las fechas eran señaladas, carnaval, que en asturiano se dice antroxu (o antroiru), y muchos restaurantes ponen precios especiales.
 Si el viajero necesita digerir bien las fabas, puede subir andando hacia el monte Naranco (no confundir con el Urriellu o Naranjo de Bulnes, situado en los Picos de Europa). Vaya a pie o en automóvil, es cita obligada  la visita a Santa María del Naranco, una joya del prerrománico que, en su origen fue levantado para ser palacio de recreo de los reyes asturianos, y San Miguel de Lillo, la iglesia que formaba parte del conjunto residencial de los monarcas. En Santa María del Naranco, aparece esculpida en relieve la cruz griega que se convirtió en emblema de la monarquía astur. Se aconseja subir a lo alto del monte, desde donde se contempla una vista espectacular de Oviedo y su entorno.


Dos restaurantes recomendados
Casa Fermín. C/ San Francisco, 8. Oviedo.
Se encuentra en el centro de Oviedo. Es una sala amplia y cómoda. Trato amable. Me decanté por los entremeses y por varios platos de la carta. El solomillo, de ternera asturiana, resulta exquisito. Apunto el menú degustación:


 La máquina. Avda. Conde Sta. Bárbara, 59. Lugones (a 6 kms. de Oviedo). Me cuenta Ramón, uno de los propietarios actuales, que Pepe, el fundador del establecimiento en 1916, trabajaba en la Unión Española de Explosivos. Como Pepe bregaba en el torno, el restaurante fue denominado “La máquina”. Cuando Ramón González y María García tomaron el restaurante, este siguió llamándose de la misma forma. Ramón, a quien siempre le habían gustado los trenes, asoció el nombre con una locomotora, figura que preside la entrada a uno de los templos de la fabada.

Aconsejo mezclar las fabas con el compango y acompañar con vino tinto.

De postre, arroz con leche (en asturiano, “papas de arroz”). 

Precio: 35 euros.

Datos útiles:
Mercado del Fontán: (plaza 19 de octubre). Jueves. Domingos y festivos, también en el Campillín (contiguo).
Oficina de turismoplaza del ayuntamiento.
Fiestas: Antroxu (o Antroiru). Es el carnaval. 13 de mayo: la Balesquida. San Mateo (19 de septiembre).
Aeropuerto: Ranón (Avilés).
Estación de autobuses: Empresario Pepe Cosmén, s/n.
Estación de tren: Uría s/n.
Museos: Arquelógico (San Vicente, 3), Bellas Artes (Santa Ana, 1-3).
Pastelerías: Peñalba (Milicias Nacionales, 4), Camilo de Blas (Jovellanos, 7) Ovetus (santa Susana, 1), Auseva (Avda de Galicia, 11).
Monumentos: convento de san Pelayo, iglesia de santa María la Real, palacio de la Rúa, iglesia de san Isidoro, ayuntamiento, palacio de Valdecarzana y Heredia.
Alrededores: Naranco, Latores.
Alojamiento: Hotel Reconquista, Hostal Fidalgo.
Restaurantes: Casa Fermín, La Máquina (en Lugones).
Chigres (sidrerías): son numerosos. Indicamos tres entornos principales: calle Gascona, Silla del Rey y plaza de Trascorrales.


San Sebastián / Donostia

         A pesar de haber vivido seis años en Irún, jamás asistí a la tamborrada. Como esta era una de las espinas que tenía clavadas, fui este año a verla, y creo que es una de esas fiestas que, como las fallas, es necesario ver una vez en la vida para comulgar con los gustos y costumbres populares, vivir con intensidad y, por qué no, disfrutar de la comida y la bebida, que en esta ciudad son viandas y caldos exquisitos.
         Esta es una de las ciudades más hermosas que conozco. Pasear por la playa de la Concha, admirar la isla de santa Elena, ascender al monte Igueldo o callejear por la parte vieja son placeres únicos.
No es raro ver a bañistas a las nueve de la mañana dándose un chapuzón en aquellas frías aguas, bien sea en abril o en febrero.
Sugiero subir al autobús turístico, puesto que ofrece un panorama interesante de lugares emblemáticos: teatros (Victoria Eugenia, Kursaal), plazas (Guipúzcoa, Constitución), calles (san Martín, avenida de Navarra), catedral, paseos (Concha, Ondarreta, bulevar), etc.
Es imprescindible visitar la Bretxa, el mercado, repleto de puestos que incitan a la gula más sana –chuletones, quesos- y a las angulas, típicas del día de san Sebastián, cuyo precio oscila entre los trescientos y los ochocientos euros el kilo.
         El viajero no debe perderse el paseo por las calles de Fermín Calbetón, Mayor, Pescaderías y otras contiguas para saborear los pinchos -variados y deliciosos- que ofrecen la mayoría de las tabernas de la zona.

La tamborrada
A las once de la noche del 19 de enero, la plaza de la Constitución está repleta de gente. Algunos asistentes visten de cocineros; otros, de franceses. Pregunté a uno de los cocineros por la razón de aquel contraste, y me explicó lo siguiente: en el siglo XIX,  los soldados franceses bajaban tocando los tambores desde el monte Igueldo a la capital; los cocineros de la ciudad, molestos por el ruido, les hacían burla, puesto que no podían enfrentarse a ellos de otro modo. Al parecer, así surgió la tamborrada. Algunas fuentes remiten a una comparsa de carnaval; otras, a una antigua procesión. Sea como fuere, a las doce de la noche, se iza la bandera de la ciudad y comienza la tamborrada, que dura veinticuatro horas. Durante este tiempo, llueva o nieve, marchan por las calles grupos de personas uniformadas que pertenecen a grupos de artesanos, sociedades gastronómicas y otras entidades. El ambiente es extraordinario, pues la alegría se desborda entre atabales, risas y juergas. A mediodía, tiene lugar la tamborrada infantil: 


las compañías de colegiales, ataviados con sus uniformes de gala, forman ante el ayuntamiento y posteriormente desfilan por las calles donostiarras entre aplausos y admiración.

Mi restaurante favorito

Ver la tamborrada era una de mis ilusiones, pero no la única. Siempre que iba en autobús de Irún a San Sebastián para ensayar en el grupo de teatro Orain (Ahora), pasaba por delante del restaurante Arzak, ya famoso entonces. Sabía que el menú me costaría un ojo de la cara, pero tenía el capricho de gozar de los suculentos manjares que ofrece uno de los grandes templos gastronómicos de este país. No es algo que se pueda hacer habitualmente, pero de vez en cuando es preciso darse algún festín que otro.



           
El menú degustación consta de varios platos, a cual más exquisito. Comienza con entremeses (gambas, talos de marisco, cecina y caña de morcilla); sigue el pescado del día (con pacharán y maíz morado), ostras pinzadas a la brasa, carabineros con krill, huevo con maíz y gominolas de tomate, pescado según la mar, corzo, pato simbólico; finaliza con escarcha de castaña y luna cuadrada (chocolate con interior fluido de menta). El menú es acompañado por vinos que corresponden adecuadamente a cada una de estas deliciosas experiencias culinarias. Aproximadamente, doscientos euros.


Datos útiles

Oficina de turismo: Alameda del bulevar, 8.
Aeropuerto: Gabarrari kalea, 22. Hondarribia (Fuenterrabía).
Estación de autobuses, tren: Federico García Lorca, 1.
Fiestas: san Sebastián (20 de enero), carnaval, fiesta de Guipúzcoa (31 de julio), Semana Grande (la del 15 de agosto.
Monumentos: Bahía de la Concha, iglesia de san Vicente, palacio de Miramar, museo de san Telmo.
Alrededores: Hondarribia (Fuenterrabía), Orio, Zarauz, Guetaria.
Alojamiento: Hotel MaríaCristina, Londres, pensión Itxasoa.
Tabernas: Alcalde, La cepa, Zeruko, A fuego negro, Atari, La viña.